Faro – Álvaro Nuevo

Paz. Pensó que ésa era la definición exacta del ocaso visto desde el acantilado, con las olas rompiendo rítmicas contra la roca perfilada por siglos y siglos de insistencia oceánica, las barcas de los pescadores locales zarandeadas por la marea, atadas al mar por sus redes, remendadas, como telarañas de nailon a la espera de peces. La brisa suave agitada por el aletear de gaviotas inquietas siempre y el chasquido del relé que conecta el foco del faro rompiendo la melodía monocorde que forman viento, mar y gaviotas…Interpuso los prismáticos entre su mirada y el avergonzado horizonte y avistó el buque a varias millas a babor, caboteando el islote de Candelain, donde sólo viven cangrejos y cabras. Un mercante chino, probablemente cargado con ropa de imitación, bolsos Gucci o pantalones Levis cosidos de sol a sol por preadolescentes con callos en las ilusiones. Miró el registro; Kuang-Shon-Li, lo marcó y anotó la hora junto al nombre: 20:43 h. La luz del faro esperó paciente a que el inmenso carguero recorriera la línea del horizonte de izquierda a derecha, como un funicular colgado del cenit, y luego se extinguió con el chasquido característico del relé que desconecta el foco de la batería. Clanck, y la oscuridad. Ismael se arrebujó en su abrigo preguntándose durante cuánto tiempo más podría conservar su empleo ahora que el faro había sido automatizado y que su trabajo consistía en anotar cada buque que avistaba y vigilar que el funcionamiento del mecanismo de encendido no tuviera fallos. –Podrás estar aquí tres años, quizá algo más; el tiempo suficiente para probar el nuevo sistema de encendido automático y, si todo va como esperamos, tendrás que dejar el faro– le había dicho el delegado del Ministerio de Marina exactamente tres años atrás. Ismael encendió su pipa y entró.

 

En la planta baja del faro tenía Ismael su vivienda. Lo justo para un hombre, ni más ni menos. Una cocina que hacía las veces de sala de estar cuando los fogones no estaban encendidos por lo que más propiamente deberíamos decir una sala de estar que hacía de cocina tres veces al día, un baño y su habitación. Eso era todo. Pero a Ismael, acostumbrado a pasar meses enteros compartiendo estrechos camarotes con sudorosos marineros islandeses, aquello le parecía más espacio del que cualquiera puede necesitar. Echaba de menos la vida en el mar, su vida antes de que un engranaje de la rueda de tracción del remolcador en el que faenaba le dejara la pierna izquierda más tiesa que el mástil de una goleta.

 

Estaba cenando un poco de pollo con unas patatas mientras miraba en la televisión un programa sobre los avances de la ciencia. –Yo vivo en un avance de la ciencia–, pensó sonriente; su faro, un prototipo que se implantaría en toda la costa, detectaba mediante un sistema de radar la presencia de buques y permanecía encendido mientras éstos se hallaban cerca, luego se dormía como un perro guardián bien entrenado al que la lejanía del peligro vuelve a tranquilizar. Para ahorrar energía, habían dicho. O para ahorrarse un sueldo, pensaba Ismael. Esa maldita máquina no había fallado ni una sola vez durante tres años, esa maldita máquina le iba a dejar en el paro. Clanck. –¿Clanck? ¿Se ha conectado el faro?– Se levantó y miró el registro; nada para las 23:00. –Algún capitán ruso se ha pasado con el vodka esta noche–, se dijo. Ocurría con cierta frecuencia, un despiste del piloto y algunos de los barcos que seguían la ruta norte, caían excesivamente a barlovento durante la noche y acababan demasiado cerca de la costa. Subió las escaleras de la torre arrastrando su pierna izquierda. Quinientos ochenta y siete endiablados escalones curvados sobre sí mismos como un agujero negro. Llegó arriba y escudriñó el horizonte iluminado por la potente luz del foco a través de la cristalera. Nada. Se dio un poco más de tiempo y barrió de nuevo el mar con sus prismáticos. Nada. Llamó por radio a los guardacostas que le confirmaron que no habían avistado ningún buque en las cercanías. Nada de nada. –Joder, ¿qué pasa?– El faro se apagó de nuevo. Bajó y anotó en el registro la hora de la incidencia; 23:05. Se fijó cuándo llegaría el siguiente navío; 1:00 de la mañana, un trasatlántico con bandera griega. Mil ochenta y una vidas entre pasaje y tripulación. Joder. Miró su reloj: las 23:17. Se tranquilizó, tenía mucho tiempo y sabía exactamente lo que tenía que hacer. Se dirigió a su cuarto y abrió el tercer cajón de la cómoda. Extrajo un abultado archivador azul: Procedimientos Operativos de Emergencia. Buscó en el índice el capítulo que explica cómo pasar a control manual, lo localizó con el marcapáginas de la novela que tenía sobre la cama; Moby Dick. Fue a la cocina y encontró su caja de herramientas bajo el fregadero. Así armado enfrentó quinientos ochenta y siete escalones retorcidos, su pierna izquierda los golpeaba uno a uno como apuntalándolos en su sitio, confirmación tozuda y dolorosa del ascenso. Llegó arriba, abrió el panel de mandos y comparó con la mirada el dibujo del libro con la jungla de cables y circuitos que tenía ante sí como si intentara resolver un pasatiempo de “busque las 5 diferencias”. No veía nada. Miró el reloj; las 23:30. Era muy temprano y lo supo y fue consciente por primera vez de que no iba a pasar nada, tenía tiempo de sobra para arreglar la situación. Leyó con detenimiento en el libro y siguió los pasos con cautela y precisión: destornilló la tapa A-3 del panel, arrancó el fusible rojo, puenteó los conectores J y X y volvió a enchufar el fusible rojo. Dio al botón de encendido. Nada. Mierda. Miró de nuevo el libro y comprobó con horror que se había saltado un paso; no había empujado la palanca P-1. Lo hizo y dio al contacto. Nada. Leyó en el libro: cuide de realizar estos pasos en el orden correcto pues de lo contrario podría dañar el fusible rojo. ¡Mierda!

 
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Miró la hora mientras accionaba el contacto de la furgoneta; las doce menos diez. Estaba claro que había quemado el fusible rojo. Tenía que bajar a la aldea y buscar en el almacén, entre cientos de piezas de recambio, el dichoso fusible rojo. Luego lo pondría y pasaría a control manual el faro, lo encendería y ya está. No pasaría nada. El motor de la furgoneta renqueó aterido de frío y arrancó finalmente. Accionó el embrague situado en una maneta junto al volante, pues su pierna le impedía usar el pedal tradicional y descendió por la senda conduciendo más rápido de lo que le gustaría. Una espesa niebla empezaba a caer rodeando la colina como era habitual a aquellas horas de la noche, pero la furgoneta tenía faros potentes… No lo suficientemente potentes, sin embargo, para iluminar la vastedad del mar y salvar la vida de miles de personas. Este pensamiento le oprimió el estómago y pisó el acelerador a fondo. La vieja furgoneta bailaba con los baches del camino e Ismael, imaginó que pinchaba las ruedas o algo peor y redujo la marcha casi al momento. Tardó como nunca había tardado en llegar a la aldea; media hora. Aparcó junto al almacén que afortunadamente se encontraba a las afueras. Se acercó a la puerta y agarró el enorme candado. ¡Dios!, se quedó lívido mirando hipnotizado el enorme candado de acero. ¿Había cogido las llaves? Recordó que siempre las llevaba en su llavero, junto con todas las demás.

 

–Debes tranquilizarte Ismael–, pensó. Abrió y entró en el almacén. Leyó el catálogo colgado de la pared, identificó la pieza y memorizó el número del estante donde se guardaba el recambio: C35. Recorrió cojeando las estanterías mirando los polvorientos números pintados sobre ellas hasta que llegó a la C35. El fusible rojo estaba allí, menos mal. Por un momento había pensado en la posibilidad de llegar y que no hubiese nada o que en lugar del fusible encontrara otra pieza distinta, totalmente inútil para lo que la necesitaba. Con el fusible aún en la mano se dirigió hacia la puerta, salió, cerró el almacén y montó en la furgoneta. Dejó el fusible en la guantera, metió la llave en el contacto, la giró y la furgoneta arrancó a la primera. Eufórico por haber espantado el tópico cinematográfico del coche que no arranca no identificó bien el primer sonido, pasó por su mente sin que lo registrara su conciencia; apenas un eco que al repetirse diáfano en sus oídos con el timbre inconfundible de una sirena de barco le dejó sin aliento durante unos segundos. Pisó el acelerador y enfrentó el camino cuesta arriba hacia el faro; un camino tortuoso y bacheado que pensaba recorrer tan veloz como el viento. El barco debía estar ya muy cerca, se había adelantado al horario. No tenía tiempo que perder.

 

La furgoneta, fiel a sus instintos, bloqueó las ruedas al sentir la presión rápida, enérgica y firme del pie de Ismael, el volantazo la hizo girar bruscamente hacia la derecha pero no lo suficiente para esquivar el cuerpo duro del jabalí que rompía el radiador y hundía el motor y hacía volcar el vehículo. Ismael abrió la puerta y salió de la furgoneta volcada arrastrándose sin prestar atención a la herida de su cabeza. Sangraba sobre su sien pero no le importaba. Le dolió más la embestida del jabalí mal herido que se ensañó con él durante unos segundos mientras estaba en el suelo y finalmente se perdió entre la maleza. Oyó o creyó oír otra vez la sirena. Tomó aire, se puso en pie y corrió sendero arriba, la herida le regaba el rostro y empañaba sus ojos, imaginó cuerpos ensangrentados golpeándose contra las rocas afiladas del acantilado, corrió más, sintió una punzada en el pecho, escupió sangre, gritó ¡socorro! La pierna mala le dolía muchísimo, deseó haberla perdido en la operación, maldito estorbo, recordó a su novia junto a la cama del hospital y su adiós envenenado, tropezó con una piedra, exclamó ¡puta!, se puso en pie como un resorte, corrió como un atleta, abandonó el sendero, violó el bosque en busca de tiempo, miró su reloj parado y roto, se lo arrancó con furia, oyó gritos de niños ahogándose en su cabeza y vio la mole del faro insolente frente a él, apagado y muerto como un monolito macabro a la espera del sortilegio que despierte sus fantasmas. Miró a la izquierda y vio la sombra del enorme trasatlántico acercándose temerariamente hacia el acantilado, ciego hacia su muerte. Abrió la puerta del faro, entró en la cocina, tanteó la pared buscando el interruptor de la luz sin éxito, recordó la escalera, la luz, la vida, se abalanzó hacia los quinientos ochenta y siete escalones que le absorbieron como un agujero negro, oyó la sirena del barco insistente y agónica, agorera, traidora, puta, –adiós, –decía– adiós, cariño, adiós. Tosió, sintió una náusea, un mareo; la pierna izquierda, tiesa como un faro, se trabó en el filo de un escalón, resbaló, cayó escaleras abajo, cincuenta, setenta, tal vez cien escalones, lloró amargamente mientras se ponía en pie y subía a gatas como un perro herido, escupiendo sangre y blasfemias, rezando por dentro, implorando ayuda, soñando con la tranquilidad de la mar… Llegó a arriba y abrió el cuadro de mandos. Vio el hueco del fusible rojo, tanteó sus bolsillos y recordó. Su mente bajó quinientos ochenta y siete escalones que la transportaban al pasado como un agujero negro, voló por el camino angosto y bacheado, vio un jabalí muerto, una zarza destrozada, una furgoneta patas arriba, una guantera, un fusible rojo. El grito se le ahogó en una náusea y un escalofrío. El dolor en el pecho y en el brazo era insoportable. Ismael se desplomó junto a la lámpara del faro y en los estertores del fin de sus días pudo oír la voz de la muerte; un clank burlón y después la luz, inmensa, potente y salvadora que todos ven al final del túnel.

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